viernes, 9 de noviembre de 2018

NYC Marathon’18: una vez más en el cielo de los maratonianos

—Enrique, empiezo a notarme muy cansado. Igual camino un poco en el avituallamiento –le comento a Enrique a la altura del km 30, en mitad de esa larguísima recta de más de cinco kilómetros que es la 1ª Avenida en Manhattan.
Gran foto que refleja muy bien nuestra carrera. Un gran equipo unido.

Hasta un rato antes, desde la salida hasta entrar en la 1ª Avenida, me encontraba muy bien. Los primeros 25 kilómetros habíamos ido los cuatros juntos, Enrique, Amaia, Arteche y yo. Como Amaia venía a Nueva York con muy poca preparación por una lesión que casi le ha impedido correr desde verano, habíamos empezado la carrera muy tranquilos para mantenernos los cuatro juntos a ser posible hasta la meta. Luego, en el km 15, fue Arteche el que empezó a sentirse mal. Al parecer, un gel no le sentó bien y bajamos aún más el ritmo para seguir juntos. Hasta ahí íbamos muy bien para terminar la carrera en un tiempo de 4:15 o 4:20. Pero luego, en el puente Queensboro, justo antes de la pancarta de km 25, y a las puertas de entrar en Manhattan por primera vez, Arteche empezó a caminar.
—Seguid vosotros —nos dijo, —que yo no puedo. No me siento bien.
Durante un rato caminamos los cuatro juntos. Luego, en mitad del puente, aprovechamos para hacernos una última foto los cuatro juntos con Manhattan al fondo. A partir de ahí, y por la insistencia de Arteche, Enrique y yo fuimos para adelante solos. Amaia se quedaba con Arteche, porque prefería no forzar su pierna.

Todo había comenzado muchos meses antes, cuando nos fuimos animando algunos del equipo Beer Runners Bilbao a participar en el Maratón de Nueva York. Yo ya había dicho que en 2018, cinco años después de mi primera participación en el mejor maratón del mundo, quería repetir la experiencia. Luego, faltó poco para que Amaia, Enrique y Arteche. Alguno más dudó en venir. Para asegurarnos el dorsal, decidimos apuntarnos a un viaje organizado por una agencia oficial, Sportravel, con los que yo ya había ido a Nueva York en 2012 y 2013, y a París y Berlín en 2016 (a la capital alemana también con Arteche y Enrique, entre otros).
Y así, y aunque parecía un sueño lejano, llegó el jueves 1 de noviembre y cogimos un avión que nos llevó a Madrid, y allí otro que nos dejó en el JFK de Nueva York. Ya estábamos en la Gran Manzana. Para Iagoba era su primera vez en los EE.UU. Los demás ya conocíamos el país y la ciudad. Fue un jueves muy largo, madrugando en Bilbao y trasnochando en Nueva York debido a la diferencia horaria. Después de dejar las maletas en el hotel dimos un paseo por Times Square y cenamos unas hamburguesas en un bar acompañadas de unas cervezas, antes de acostarnos.
El viernes por la mañana desayunamos algo ligero y cogimos el metro hasta Columbus Circle para correr suave por Central Park y ver la zona de la meta del maratón. Era emocionante estar allí. Nos sacamos unas fotos con la meta de fondo y con la estatua de Fred Lebow, organizador de los primeros maratones de Nueva York. Luego dimos media vuelta al lago del parque, el Jacqueline Kennedy Onassis Reservoir, por el camino que lo bordea, y llegamos hasta la zona central, donde todo el mundo se saca la foto clásica con el edificio Eldorado y sus dos torres al fondo. Después, fuimos a la estatua de Alicia en el país de las maravillas, y ya caminando fuimos hasta el edificio Dakota, en cuya entrada asesinaron a John Lennon, y vimos la placa que hay en el parque con la letra de su famosa canción Imagine antes de volver en metro otra vez al hotel.
Tras una ducha, fuimos dando un paseo hasta el Jacob K. Javits Convention Center, el lugar donde se recogen los dorsales de la carrera y donde se encuentra la inmensa feria del corredor, tal vez la más grande de todos los maratones internacionales.

Media hora de lucha contra la interminable recta de la 1ª Avenida y por fin pasamos el puente de la Avenida Willis y entramos en el Bronx. Sigo con Enrique, pero en los avituallamientos voy caminando y luego le tengo que coger. Por suerte, va despacio. Por el Bronx solo corremos unos dos kilómetros. Luego se pasa el puente de la Avenida Madison y entramos definitivamente a Manhattan. Ahí ya empiezo a perder de vista a Enrique porque tengo que empezar a caminar en ocasiones. Estoy vacío. Incluso corriendo al ritmo al que voy, que es muy lento, las pulsaciones y las sensaciones son de correr rápido. Algo parecido a lo que me ocurrió en la parte final del Maratón de Médoc en septiembre.
La única explicación que encuentro es que Nueva York es un maratón al que llegas muy cansado a la salida. Se juntan el viaje, el cambio de horario, todos los kilómetros que caminas por la ciudad los días anteriores, una comida que no es la mejor para recargar los depósitos como debieras, un madrugón para ir a la salida…
De vez en cuando miro el teléfono para seguir la increíble retransmisión de la carrera que está teniendo lugar en el chat del whatsapp de los Beer Runners Bilbao. En los primeros kilómetros incluso les pude enviar alguna foto y algún comentario en directo. Ahora apenas tengo fuerzas para leer (y además estoy sin gafas, je, je). Fue emocionante poder leerles en vivo, y fue divertido luego por la noche cuando pudimos leer con calma todos los mensajes. ¡Qué grandes son todos! Casi sufrieron más que nosotros al ver que parábamos de vez en cuando y al ir teniendo noticias de Arteche y de sus problemas.
Por el chat me entero de que Amaia y Arteche han seguido juntos unos kilómetros más, pero Arteche ha tenido calambres en los gemelos de ambas piernas y sigue mal del estómago, por lo que se ha quedado atrás. Amaia parece que va bien y Enrique está algo por delante de mí.
Me queda poca batería del móvil y prefiero no mirarlo mucho. En las más de dos horas que hemos estado esperando en Staten Island a la salida y en los primeros 25 kilómetros he sacado muchas fotos y eso se paga. Pero quería tener fotos de esos kilómetros juntos para poder enviar una foto buena a El Correo, ya que he quedado con un amigo de Deportes en enviarle un pequeño artículo sobre la carrera.

Ya con los dorsales y las camisetas oficiales en la mano, entramos en el inmenso stand de New Balance, patrocinador oficial de la carrera, y empleamos un buen rato en ver todo lo que ofrece. Compramos algo y luego vamos a la otra parte de la feria, donde están el resto de marcas. En el stand de la revista Runners’ World nos sacan una foto que te la entregan como si fuese la de la portada del mes. Por fin salimos de la feria y nos tomamos una foto con un anuncio inmenso de una marca de cervezas que da la bienvenida a Nueva York a todos los Beer Runners del mundo. Luego echamos un vistazo por fuera al portaaviones Intrepid y volvimos hacia el hotel. A la tarde empezó a llover fuerte, pero por suerte el tiempo nos aguantó casi todo el día.
El sábado por la mañana llovía. Fuimos a una excursión organizada y recorrimos en autobús buena parte de la ciudad, como Harlem, el Bronx, el barrio judío de Queens y Brooklyn. En Brooklyn dejamos el bus y comimos unas hamburguesas. Luego estuvimos sacando unas fotos del skyline de Manhattan, que es espectacular desde esa parte del East River, antes de tomar un ferry a Wall Street desde donde visitamos la Zona 0 y luego caminamos un poco por el puente de Brooklyn.
Después, regresamos en metro al hotel y luego cenamos en un italiano, pero tal vez la cantidad no fue lo suficiente para correr un maratón al día siguiente. Eso junto a comer unas hamburguesas al mediodía fue, tal vez, la causa de mi bajón a partir del km 30. Poca gasolina en los depósitos y se me gastó antes de tiempo.
Hacía frío y un viento algo desagradable, pero la previsión para el domingo era de sol, poco viento y temperatura algo fresca. Ideal para correr. Ese día nos acostamos temprano, pues el domingo a las 6 de la mañana nos recogía el autobús de Sportravel para el traslado a la salida. Un buen madrugón para luego esperar casi tres horas sentados en el suelo. Menos mal que no llovió.

Antes de entrar en Central Park para correr los últimos kilómetros hacia la meta, en un giro de noventa grados, hay una pantalla gigante en la que se muestran los mensajes que los seguidores de cada corredor han subido a través de la aplicación del móvil de la carrera. Sé que mi mujer me ha enviado unos mensajes en esa aplicación, así que corro mirando la pantalla, incluso deteniéndome un poco, pero no veo ningún mensaje suyo. Supongo que somos demasiados corredores como para que todos podamos verlos.
Ya en Central Park, si la animación del público hasta ahora ha sido una locura (casi es un descanso el paso por los puentes, donde no hay público, para poder escuchar mis pensamientos), ahora pasa a ser una multitud de gente gritando y chocando las manos de los corredores. Una vez más, como en 2013, agradezco a cientos de personas chillar mi nombre que está escrito en mi camiseta. Durante todo el recorrido es increíble lo que anima aquí la gente. Dicen que hay dos millones de personas a lo largo de todo el maratón, y la verdad es que puede ser, aunque no los conté a todos. Gracias, Nueva York, por este día.
La fatiga que llevo hace que de vez en cuando tenga que ir caminando. Además, me han empezado a dar algunos calambres en las piernas. Mientras me acerco a la curva de Columbus Circle, desde donde ya encaramos los últimos centenares de metros hasta la meta, empiezo a mirar al público buscando a Juan y a Linda, mis amigos de EE.UU. que me están esperando. Con ese pensamiento logro correr bastante rato sin tener que caminar. Finalmente escucho la voz de Juan que me grita. Menos mal, porque ya les había pasado.
Les saludo y nos sacamos una foto. Les digo dónde está mi hotel y sigo corriendo hacia la meta. Al girar en la curva me espera un pequeño descenso y luego una última cuesta antes de entrar en meta. Estoy con tan malas sensaciones que debo caminar en la cuesta abajo, pero por fin veo la meta y la cruzo en una mezcla de alegría inmensa por estar allí, por haber logrado terminar un nuevo maratón (mi vigésimo cuarto), y de alivio por poder parar por fin.
Tras pasar la meta dejo de correr y me agacho un poco para coger aire. Una persona de la organización se me acerca para ver si estoy bien. Le digo que sí, que solo necesito un minuto. Cuando ya estoy algo mejor, miro el reloj. He tardado 4:34, un minuto más que en 2013. Bien. No es un maratón para correr, es un maratón para vivirlo con todos los sentidos puestos en absorber todo lo que lo rodea, el público, la gente corriendo, los sonidos, los choques de manos, los puentes. Todo en este maratón se multiplica hasta el infinito. El tiempo que tardes en correrlo es muy secundario, desde mi punto de vista. Sí, me hubiera gustado correrlo con mejores sensaciones, pero no me hubiera gustado correrlo en menos tiempo.
Luego ya camino un poco y me saco una foto. Envío un mensaje escueto (“En meta. Muerto y sin batería del móvil”) y cuando quiero llamar a Enrique, que debe de estar por allí, el móvil se me apaga.
Recojo mi medalla (preciosa la de este año), me dan un plástico para abrigarme un poco, luego me saco una foto con la medalla en el photocall de la meta y sigo avanzando en dirección a la salida de Central Park. Es imposible que me encuentre allí con Enrique, y Amaia y Arteche es seguro que tardarán en llegar. Si espero me voy a quedar muy frío. Pese al sol, la temperatura será de unos 13ºC, y la camiseta térmica fina que llevo debajo de la de correr está sudada. Así que me pongo el chubasquero que he llevado toda la carrera en la cintura, recojo una bolsa con algo de comida y bebida y sigo avanzando por el pasillo que conduce a la salida tras unos 700 metros que debemos andar antes de salir de la zona vallada.
Poco antes de la salida nos entregan un poncho azul que abriga más. Junto al edificio Dakota, donde termina la zona vallada, me quito las camisetas sudadas y me pongo otra que llevaba en un bolsillo del chubasquero para ponérmela seca ahora. Luego, sin pérdida de tiempo me dirijo a la boca del metro para poder llegar al hotel lo antes posible. No me encuentro muy bien y además quiero llamar a casa y encontrarme con Juan y Linda cuanto antes. Y luego quiero saber dónde están los demás.
En el metro, donde apenas hay sitio, empiezo a sentirme mal. Un sudor frío empieza a recorrer mi frente. Conozco lo que sigue. Es una bajada de tensión, como me pasó tras el Maratón de París, donde también corrí con fatiga la última parte. Antes de desmayarme y montar un show en el vagón, aprovecho que el tren se detiene en una estación y salgo disparado. Me siento en el suelo y luego me tumbo. Tengo que hacer que la sangre vuelva a mi cabeza. Por suerte el andén está vacío y no llamo mucho la atención. Solo al de unos diez minutos se me acerca un empleado para ver si estoy bien. Le digo que sí.
Tras recuperarme un poco me levanto y cojo el siguiente tren. Salgo en la calle 28 y camino las tres manzanas que me separan del hotel. Estoy cansado y frío cuando entro por la puerta y me encuentro con Juan y Linda que me estaban esperando. Me alegro mucho de verles y les doy un abrazo. Luego subo a mi habitación, enchufo el móvil, llamo a casa y compruebo que Enrique está en el metro y que Amaia y Arteche han terminado la carrera. Arteche tras hacer caminando los últimos kilómetros y Amaia algo mejor por delante de él. Me ducho y al bajar al hall justo aparecen Amaia y Arteche. Están bien. Me alegro mucho de verles.
Voy con Juan y Linda a cenar algo (es tardísimo) en un italiano. Me recupero enseguida. Luego hablo con los demás que ya están duchados y vienen a cenar al mismo restaurante. Ha sido un día muy duro, largo e intenso. Un día feliz e inolvidable. Tenemos muchas anécdotas que contarnos. Juan y Linda tras la cena se marchan, porque tienen que coger un tren hasta Trenton y luego su coche para llegar a su casa en Pennsylvania, y nosotros nos quedamos un rato más.
Ese domingo nos fuimos pronto a descansar. Lo necesitábamos. Por cierto, me costó bastante quitarme los pantalones, porque me daban calambres en las piernas en lugares insospechados.
El lunes teníamos todo el día libre. Por la mañana fuimos a la tienda de New Balance para ver qué ofertas tenían del merchandising de la carrera. Hicimos unas compras y también compramos algo en otra tienda de deportes que tenían ofertas por el maratón y en unos almacenes donde venden pantalones Levi’s a mitad de precio. Dejamos las cosas en el hotel y fuimos en metro hasta el Museo de Historia Natural junto a Central Park, el de la película Noche en el Museo. Antes de entrar nos comimos unos hotdogs para matar el hambre. Por la tarde teníamos entradas para ver el atardecer en el Top of the Rock, la terraza del edificio Rockefeller. Aunque se puso a llover, sacamos unas fotos muy bonitas con el fondo de las espléndidas vistas de Nueva York que hay desde allí.
Luego cenamos en el mismo edifico del Rockefeller, visitamos un poco la catedral de San Patricio, y fuimos a tomar una cerveza a un bar muy bonito, el Oscar Wilde, que teníamos cerca del hotel. Bueno, quien dice una cerveza dice tres o cuatro, pues nos quedamos allí (menos Iagoba) hasta que cerraron el bar a las tres de la mañana, je, je. En Berlín, en 2016, también cerramos un bar tras la carrera, en aquella ocasión vestidos todavía de corredores, porque fue antes de ir al hotel a ducharnos. Habrá que instaurar la costumbre de cerrar un bar tras cada Major que terminemos.
En fin. A la mañana siguiente, cuando me tocaron, suavemente, la puerta de la habitación para ver si estaba vivo (¡a las nueve de la madrugada!) tenía un buen dolor de cabeza y la voz algo ronca.
Una corta visita a la magnífica estación Grand Central antes del traslado al aeropuerto puso fin a unos estupendos días de risas, turismo, deporte y buen ambiente.
Ahora a pensar en cómo diablos voy a correr el Maratón de San Sebastián dentro de tres domingos.

 Primera cena en Times Square.



 Con ganas de cruzar de nuevo esta meta única.

 El arquero.

 Con la camiseta de Un paso por el Tourette.



Foto clásica con el edificio Eldorado de fondo.

Como en la portada de mi novela "42,2 Muerte en Central Park".

Alice in wonderland.


El edificio Flatiron.

 Mi habitual foto con el dorsal y la camiseta de la carrera.


Portada del Runner's World.



 Todo listo para el gran día.

 Con Dani Quintero, el Capo di capi de los Beer Runners España.

 Vista del amanecer en Manhattan desde el bus hacia la salida.

Entrada a los corrales.

 Indigentes en Staten Island.

 Primero kilómetros por el puente Verrazano-Narrows.



 Al paso por el Medio Maratón.

Última foto juntos en el puente de Queensboro.


 Entrando a meta.





Con Juan y Linda después de cenar.

El artículo en El Correo.


Y salimos en The New York Times al día siguiente del maratón.

 En el Bronx.

 En Brooklyn, con el puente de Manhattan al fondo.









El making of.


Todo el mundo quiere tocarle los huevos al toro de Wall Street.

In memoriam.

 Freedom tower.

 Puente de Brooklyn.



 Museo de Historia Natural.

 Vista desde el Top of the Rock




Arteche.

Enrique.

Amaia.


 ¿Otra ronda?

 En el Oscar Wilde.


 Grand Central Terminal.