viernes, 13 de octubre de 2017

Gorbeia Suzien 2017: barro, rocas y cuestas

El pasado sábado participé en la durísima carrera de trail “Gorbeia Suzien”. Sus datos lo dicen todo: casi 32 km con 2.400 metros de desnivel. Como me dijo Javi, un compañero Beer Runner que corrió conmigo y con Mario, haciendo un cálculo somero salen 16 km subiendo y 16 km bajando, y como hay que subir más de 2.400 metros (los mismo que hay que bajar) en 16 km, el cálculo sale que la pendiente media de subida es de un 15% de media. Teniendo en cuenta que la subida al Tourmalet es de 18,5 km a una media del 7,5%, pues me quedó bien clarito que esta carrera iba a ser mucho más dura de lo que había pensado ingenuamente al apuntarme al sorteo de dorsales.
En la Cruz de mi montaña favorita.

Y es que la Gorbeia Suzien es una de las grandes carreras de montaña del calendario y hay mucha gente que quiere participar. Forma parte de las “Skyrunner National Series” y este año era Campeonato Europeo de las Skyrunning. Pero el monte Gorbeia y el Parque Natural que lo rodea es un entorno protegido privilegiado que tenemos en Euskadi, y hay que cuidarlo, por lo que el número de plazas para correr aquí está limitado. Así que para participar hay un sorteo.
El caso es que me apunté al sorteo y me tocó un dorsal. En principio no tenía previsto hacer una carrera de monte tan dura en esta época del año, ya que tengo el Maratón de Valencia a la vuelta de la esquina. Pero el Gorbeia siempre ha sido mi montaña favorita y me hacía ilusión correr esta carrera, por lo que en septiembre hice cuatro entrenamientos por monte. Sí, ya lo sé. Muy pocos.
Así que allí estaba yo el sábado por la tarde, con Javi y con Mario en Zeanuri tomando una cerveza tras recoger el dorsal. Y fue entonces cuando Javi me puso los números de la carrera sobre la mesa y me dio también el dato de que Agus, otro compañero que es de los buenos en esto del trail, el año anterior había tardado unas 5 horas y media en acabar la carrera (hay 6:30 horas máximo). Y además, está la espada de Damocles de tener que pasar por el control de la Cruz del Gorbeia en menos de 3 horas, que parece mucho tiempo para hacer 13,5 km, pero teniendo en cuenta el terreno y el desnivel hasta allí (la mayor parte del total a sumar en la carrera) se me antojaba difícil.
Bueno. Tan tranquilo que estaba yo en mi ignorancia pensando que iba a tardar unas 5 horas en completar el recorrido. ¡Ay! ¡Qué ingenuo!
Rápidamente mi cabeza empezó a pensar en el plan B por si acaso no pasaba el corte en la Cruz. Por suerte, desde allí el recorrido hace un bucle de bajada y fuerte subida hasta el Aldamin para llegar al collado que separa el Aldamin del Gorbeia. Así que, en caso de necesidad, desde la Cruz podía bajar al collado (ya fuera de carrera) y unirme de nuevo al recorrido acortando 4 km y con una fuerte subida menos en las piernas. Pero bueno, ése era el Plan B, pero iba a luchar por el Plan A, o sea, terminar la carrera en menos de 6:30 horas pasando por la Cruz en el tiempo.

A por la Cruz
Tras un buen madrugón para poder aparcar en Zeanuri, tomamos la salida a las 9 en punto con ilusión y con miedo. Por suerte hacía un día muy bueno, así que no íbamos a tener que luchar contra la lluvia y el frío.
En la salida. Listos para sufrir.

Tras un primer km por asfalto para salir del pueblo, enseguida corríamos (y andábamos) monte arriba. Desde ahí hasta las inmediaciones del Lekanda (km 8) era todo cuesta arriba, con tramos con fuerte pendiente. Además, en los primeros kilómetros había ya muchas zonas con muchísimo barro acumulado, tanto que a veces se formaban atascos de varios minutos entre los que íbamos detrás para poder pasar. Tanto barro hace que avances mucho más lento que lo normal, y a veces ni avanzas, ya que los resbalones nos hacían descender cuesta abajo.
Subiendo como podía.

Javi y Mario un poco mejor que yo.

Por fin, tras 1:45 horas luchando con la pendiente y el barro llegué al km 7,5 bajo la peña Lekanda, para ir descendiendo por terreno más cómodo hacia Arraba, donde había un avituallamiento en el km 8,5. Me quedaba algo más de una hora para pasar el corte de la Cruz (km 13,5). Justito.
En Arraba me encontré con Almu, otra compañera de equipo que estaba viendo la carrera. Me dijo que Javi y Mario habían pasado por allí unos pocos minutos antes que yo. Ya lo sabía porque en la subida les vi en algún momento. Por lo que me dijo Almu, Mario ya iba metiendo presión a Javi porque se les echaba encima el tiempo de corte de la Cruz. Algo que yo ya lo veía también.
Tras un pequeño descanso y comer algo, corrí lo que pude por Arraba para ir subiendo hacia el cresterío de Arrabakoatxa, Aldabe, Artalarra y Gatzarrieta. Este cresterío mantiene más o menos la misma altitud, pero al ser un terreno muy rocoso, los que no tenemos técnica de correr por rocas debemos avanzar despacio para no rompernos la crisma, con lo que ahí perdí bastante tiempo.
Por fin dejé atrás las rocas y por una bajada muy pronunciada llegué al avituallamiento que había antes de comenzar la durísima subida hacia la Cruz. Llevaba 11,5 km en 2:30 horas, y solo tenía media hora para subir 2 km y salvar 450 metros de desnivel. Imposible para mí, ya que con ese desnivel sé que por los menos tardo unos 20 minutos por km.
Pero, en fin, decidí luchar hasta arriba, aunque veía que era inútil y además tampoco tenía mis mejores sensaciones. Esta cuesta no te da ni un respiro, y además no ves la Cruz hasta que casi estás en ella.
Cuando llegué llevaba 3 horas y 12 minutos. Fuera de control. Bien. Ahora empezaba el Plan B. Aproveché para descansar un momento, comer algo y hacer un par de fotos en este rincón de Euskadi que tanto significa para mí.


Por cierto, Javi y Mario, a los que había visto por última vez subiendo hacia Lekanda donde me llevaban unos pocos minutos de ventaja, pasaron el corte por segundos. Luego, al ver la clasificación final, he comprobado que los últimos clasificados que aparecen en la lista pasaron el corte de la Cruz en casi 3:09, así que yo me quedé fuera por muy poco. No sé si tomármelo a mal o alegrarme.
La sensación que tenía en la Cruz era de alivio, por una parte, por no tener que sufrir en la subida a Aldamin, y de una cierta pesadumbre por no poder terminar la carrera. Es la primera vez que no termino una carrera pedestre. En mi historial ciclista tengo algunos abandonos, pero pocos. No es algo que le guste a ningún deportista. Además, no dejaba de pensar en Agus y otros compañeros que se dedican casi en exclusiva al trail y que se quedaron sin dorsal. Me daba la sensación de haberles quitado el puesto para nada.

Bajada muy dura
Ya recuperado, empecé a bajar hacia el collado para unirme de nuevo al recorrido y seguirlo hasta la meta. Lo que no esperaba era que los 14 km que aún me quedaban iban a ser tan duros, ya que tardé casi tres horas más en llegar a Zeanuri por la cantidad de barro que había en muchos tramos. Casi en ningún momento pude correr a gusto. Además, tuve dos caídas y varios tirones en las piernas, ya que al haber tanto barro la exigencia a nivel muscular era muy grande para el poco entrenamiento que llevaba de correr por montaña.
Por fin llegué a la meta con 27 km en poco más de 6 horas y con 1.900 metros de desnivel acumulados. Una paliza incluso con el “atajo” que hice al recorrido original.
Poco después de llegar yo a Zeanuri terminó Javi su carrera. Mario tuvo que retirarse tras pasar Aldamin por problemas de estómago que le hicieron vomitar. Un día duro para él.
En fin. Que salvo que haya podido entrenar mucho por monte, no creo que participe en carreras de montaña tan exigentes y técnicas como ésta. Y mientras siga teniendo como grandes objetivos de cada temporada correr varios maratones de asfalto, mi actividad de trail será residual. Seguiré haciéndolo, claro, ya que me gusta mucho, pero en entrenamientos o carreras de dificultad media, sin tanta subida dura y tanto recorrido técnico. (Bueno, mientras escribo esto me doy cuenta de que uno de mis objetivos ya casi decidido para el año que viene será el Maratón del Stelvio, que son 42,2 km con 2.350 metros de desnivel, así que mejor no digo nada más, je, je).
Bajada del Aldamin.

Por Arraba.

Arraba. Al fondo Lekanda.




Aritz Egea. Ganador con un tiempo de 3:02:55. Cuando él había terminado yo aún no había llegada a la Cruz. ¡Qué nivel, Maribel!

Podio femenino, con Ingrid Mutter, Celia Chirón y Sheila Avilés.

Los tres en la meta. Tocaba la ducha y comer algo.


Detalle del barro en la pierna de Javi.
Y los datos de mi Strava:

miércoles, 4 de octubre de 2017

Mis novelas en el Mes Indie de Amazon

Durante este mes de octubre, dos de mis novelas han sido seleccionadas para participar en el Mes Indie, lo que significa que estarán disponibles para e-book a un precio muy especial, en concreto a 1,19 euros.
Una buena ocasión para adquirirlas y leerlas a menos del precio de un café.



miércoles, 27 de septiembre de 2017

Carrera "Ondarru - Lekitto"

II Kostako Lasterketa "Ondarru - Lekitto"

El pasado sábado por la tarde participé en la 2ª Edición de esta carrera por la carretera de la costa entre Ondarroa y Lekeitio (Ondarru y Lekitto en el euskera de la zona). El año pasado no pude correrla porque me coincidió con el Maratón de Berlín, pero este año no me la he querido perder ya que discurre por la carretera en la que más entreno (tanto en bici como corriendo) cuando estoy en Lekeitio.
Entrando en meta a tope.

Es una carrera de 15,5 km muy duros, ya que salvo la vuelta inicial por Ondarroa y el final por el puerto de Lekeitio el resto es todo el rato o subiendo o bajando.
Ha sido la primera carrera que hago con el Stryd, un potenciómetro para correr que tengo desde hace tres semanas.
En el mundo del ciclismo, el entrenamiento por potencia hace ya años que ha desbancado al resto de sistemas de entrenamiento (por pulsaciones, por ritmos, por sensaciones,...). Es muy raro hoy en día que algún ciclista de nivel no use un potenciómetro, y hay muchos libros y estudios sobre este tema.
Sin embargo, en el mundo del atletismo el entrenamiento por potencia se puede decir que es un recién llegado. Quizás, la gran diferencia es que los sistemas de medición de potencia en el ciclismo miden la potencia que el ciclista realiza realmente sobre la bicicleta, con sensores en el pedal, en el eje del pedalier o en el buje de la rueda trasera, y esto es más sencillo de medir técnicamente que la medición que un atleta hace al correr.
Pero, desde hace un par de años más o menos, hay empresas, como la americana Stryd, que han desarrollado sensores de potencia para running que lo que hacen es medir indirectamente la potencia que una persona debe hacer para correr a una cierta velocidad en un terreno dado.
El sensor que actualmente comercializa Stryd es un pequeño podómetro, similar a los de otras marcas, como Polar o Nike, pero que no solo recoge los datos de la cadencia de carrera, longitud de zancada, etc., sino que mediante unos algoritmos matemáticos mide la potencia que el corredor está desarrollando para una velocidad determinada en un terreno determinado (llano, cuestas, etc.).
El dato de la potencia se transmite al reloj y así podemos ir viendo, mientras se graba, la potencia instantánea que estamos produciendo.
Lo mismo que pasa con el pulso, si determinamos cuál es nuestra potencia mantenible en una hora, lo que se conoce como FTP (Umbral de Potencia Funcional, en castellano), podemos ajustar a qué potencia debemos correr en cada zona de entrenamientos para sacar el máximo partido a este dato, tanto al entrenar como en una competición.
Entre las ventajas de entrenar por potencia, podemos citar que, al contrario que el ritmo o que el pulso cardíaco, la potencia es un dato real e instantáneo. El pulso sufre muchas variaciones, por estar fatigado o por otras razones, y además, desde que aceleras hasta que el pulso se estabiliza en el esfuerzo pasa un tiempo, y lo mismo cuando paras o cuando bajas el ritmo. Y al correr por ritmo, salvo que lo hagas en una pista o en un terreno completamente llano, es muy difícil ajustar el nivel de esfuerzo a un ritmo concreto. Y en las series, muchas veces aprietas para mantener un ritmo en las últimas series, pero al estar ya más cansado en realidad estás desarrollando una potencia cada vez mayor para correr al mismo ritmo, por lo que te estás sobrepasando sin saberlo.
Sin embargo, la potencia que estás desarrollando es un dato objetivo, real e instantáneo. Mucho más exacto y preciso que el pulso o el ritmo al que corres.
Como veis, si os interesa el mundo del entrenamiento deportivo, el entrenamiento por potencia es un campo apasionante.
Tengo la suerte de tener como médico deportivo a mi amigo Joseba Barrón, que es un especialista en el entrenamiento por potencia en el ciclismo. Así que cuando le dije que me había comprado el Stryd creo que se entusiasmó más que yo, ya que así puede estudiar en mi persona las ventajas de entrenar por vatios en el running.
Lo primero que hicimos fue hacer una serie de test de campo con el Stryd y una prueba de FTP corriendo 30 minutos a tope tras un protocolo de calentamiento. Después, me hizo un test en la cinta, complementario a la prueba de esfuerzo, y así determinamos que mi FTP es de 235 vatios, y que mis potencia en el umbral aeróbico corresponde a 208 vatios a 5 min/km a 142 ppm.
Con todos estos datos decidimos que en la carrera de Lekeitio iba a correr la primera parte a 208 vatios, y después apretando hasta los 245 vatios.
Así que, ya tenía en qué entretenerme en la carrera.
Hasta casi el km 7 fui corriendo todo el rato intentando mantenerme en unos 208 vatios. La cosa no era fácil ya que la carretera lo mismo tenía una rampa del 10% que bajaba. Subiendo la potencia se dispara y bajando disminuye mucho. Por lo tanto, en las subidas tenía que bajar el ritmo y en las bajadas tenía que apretar.
Con todo esto conseguí llegar casi al km 7 a un ritmo conservador y sin sufrir mucho, ya que el pulso medio era más bajo que el de mi umbral (se notaban los entrenamientos de las últimas semanas). Eso sí, al ir frenándome en las subidas (y en esa parte casi todo el rato era subir) iba entre los 20 últimos de los 196 participantes que salimos.
Aquí tenéis los datos hasta ese punto. 213 vatios de media a 5:32 min/km a 134 ppm. Mejores datos que en el test en la cinta.

A partir de ahí, ya empecé a apretar. Por error corrí tratando de mantenerme en una potencia de 235 w, en lugar de los 245 que me había dicho Joseba. El pulso me subió a unas 150-155 ppm, cerca de mi umbral mantenible, y empecé a adelantar gente sin parar.
La última parte, con una bajada de dos kilómetros, la hice bastante fuerte, y el último km (con una cuesta incluida) lo corrí a 4:08 min/km, terminando la última recta a 3:43 min/km. Acabé en el puesto 121 de 196. Muy contento. Igual podía haber apretado más, hasta los 245 vatios establecidos.
Los datos de la segunda parte. 236 vatios, a 4:49 min/km a 148 ppm.

Pulso y ritmo de toda la carrera. Cada vez más rápido para acabar a 165 ppm a 3:43 min/km.

Como veis, me voy a divertir con el Stryd y espero aprender mucho sobre cómo entrenar. Por de pronto, lo que he visto es que los días que me toca correr suave para recuperar, o en las partes suaves de los entrenamientos, tengo que correr mucho más despacio que como lo hacía hasta ahora, para ir a la potencia de las zonas bajas de entrenamiento.
Para los corredores populares correr muy despacio es difícil. Siempre nos parece que tenemos que entrenar fuerte.
La semana pasada tuvimos la suerte de entrenar con Martín Fiz en Bilbao, y nos dijo que él hace muchos entrenamientos a un ritmo de 5:30 min/km. Eso para alguien como él, capaz de correr en 2:26 horas el Maratón, es como correr a 8 min/km para alguien que corre el Maratón en 4 horas y algo.
Así que, debemos entender el beneficio de correr muy despacio y aplicarlo más.



Y como colofón, me tocó en el sorteo de regalos este lote de productos de la tierra.

lunes, 18 de septiembre de 2017

No te fíes del Strava

Seguro que os ha pasado alguna vez. Hacéis un entrenamiento con un par de amigos en grupo, o corréis la misma carrera los tres juntos todo el rato, y luego, cuando miráis vuestros ejercicios en Strava, resulta que uno ha corrido 8,5 km a 5:27, otro ha corrido 8,2 km a 5:40 y otro ha corrido 9 km a 5:10.
¿Cómo puede ser si los tres habéis ido juntos continuamente?
Y no solo eso. Cuando veis el ejercicio en vuestro nuevo reloj con GPS, el resultado no coincide con el que habéis subido a Strava directamente desde ese reloj.
Pero aún hay más. Habéis hecho una tirada de fondo completamente llana de 20 km y en vuestro reloj marca un desnivel acumulado de 180 metros. Bien. Era llana pero siempre hay algún pequeño desnivel (salvo que corras en una pista). Pero luego, pasáis el ejercicio a Strava y ahora marca que habéis sumado ¡1.500 metros de desnivel!
Otro día, estando de vacaciones en una nueva ciudad, corréis una horita por la mañana suave para disfrutar del placer de correr por lugares nuevos. Habéis ido suave, a 5:40 de media según vuestro reloj. Pero en Strava os marca que habéis corrido a 4:30. Vamos, como si hubieseis ido a tope todo el rato.
Esto ya no hay quien lo entienda, pensamos todos. Si estoy corriendo con un reloj con GPS en la muñeca debería haber una gran precisión. Y además, si paso a Strava el ejercicio del mismo reloj que me dice que he ido a 5:40, ¿cómo puede ser que allí ponga 4:30?
Os pongo aquí tres ejemplos.

Caso 1: Una amiga mía (María) que suele correr a 6 min/km hace un entrenamiento de 50 minutos estando de vacaciones en Florencia y en el Strava le sale que ha hecho ¡14,1 km a 3:34!
Algo no encaja, claro está. Si miramos el ritmo de cada km según Strava nos encontramos con esto:
¡A 22 segundos el kilómetro!

Caso 2: La tirada larga de otro amigo (Aitor) a lo largo de la Ría de Bilbao, con un recorrido casi llano, se convierte en una escalada hasta los 2.500 metros de altitud a una inexistente meseta:
Un recorrido llano a ¡2.500 metros de altitud en Bilbao!

Caso 3: El último día de mis vacaciones en EE.UU. de este verano corrí por Central Park en Nueva York. En mi Garmin me salieron 11,5 km a una media de 5:42 min/km. Bien. Pero al pasarlos a Strava se me transformaron en ¡13,6 km a 4:48!
Mirad la diferencia en los parciales del Garmin a Strava. No se parecen en nada y están grabados con el mismo reloj.
No coincide ni un km. El real es el de la derecha (el último parcial es de 0,5 km).


¿Y por qué pasa esto?
Ya os comenté en otro post los errores que tienen todos los receptores de GPS. Todos acumulan este tipo de errores. Pero en el caso de la aplicación de Strava los errores son mucho más evidentes, tanto que enseguida nos damos cuenta de que algo está mal nada más ver el archivo.
En mi caso, yo uso un reloj de Garmin. Este receptor, además de grabar los datos de la distancia por la señal que recibe de los satélites de GPS (y de Glonass) también cuenta, como otros modelos de otras marcas, con un acelerómetro. Por eso puede grabar la distancia que corro en una cinta dentro de un gimnasio, o graban también la parte del entrenamiento que hago desde que empiezo a grabar hasta que recibe la señal de los suficientes satélites como para obtener la situación. Y además, si debido a una mala recepción de la señal en algún momento del ejercicio, por correr rodeado de edificios, o en un valle cerrado, por ejemplo, el track que graba mi Garmin descarta las señales que son erróneas.
En el Caso 1 que he señalado antes, si miramos el mapa del Strava, enseguida vemos que en un momento dado el reloj de María obtuvo unas señales erróneas que lo situaban a unos kilómetros de distancia de donde estaba realmente, por lo que, según Strava, María corrió unos kilómetros a la velocidad del rayo (¡a 22 segundos el km!) hasta ese punto y vuelta. De ahí el error tanto en distancia como en la velocidad media:

En el Caso 2 la distancia es correcta, dentro de lo normal, pero el posicionamiento de la señal en el plano de la altitud a partir del km 4 es errónea, como se ve en el gráfico anterior.
Y en el Caso 3, tal vez debido a correr por una ciudad (Nueva York) entre edificios muy altos, mi reloj recibió varias señales erróneas que el Garmin descartó en su archivo pero que no se corrigen en el Strava.

sábado, 9 de septiembre de 2017

Viaje al eclipse total - EE.UU. Agosto 2017. (2ª y última parte)

Tras la crónica de la primera parte del viaje, llega hoy la segunda y última entrega.

19 de agosto. Moab. Canyonland y Arches
Este día lo dedicamos a ver los dos parques que rodean la ciudad de Moab, en Utah, Canyonlands y Arches.
Por la mañana fuimos hasta Canyonlands y recorrimos la carretera que discurre por la meseta que domina los diferentes cañones del parque que forman los ríos Colorado y Green. Es un paisaje prehistórico, casi lunar, el sueño de cualquier geólogo, supongo. Al de poco de entrar al Parque, caminamos un poco para ver el Mesa Arch, un arco natural espectacular que enmarca un paisaje hipnótico. A través del arco ves un mundo que parece de una época pasada o de otro planeta.
Después, la carretera nos acerca a otros miradores igualmente agradecidos para el visitante. El paisaje es inmenso y nunca se cansa nuestra vista de mirar hacia el fondo de los cañones y a sus extrañas formaciones geológicas multicolores.
Tras unas horas por este parque, regresamos a Moab. Tuve que comprar una tarjeta de memoria extra para la cámara, ya que ya había llenado la que llevaba. Es lo malo de te guste hacer fotos en lugares como éste, tan fotogénicos.
Después nos acercamos al otro parque, al de Arches, el parque de los arcos. Como su nombre indica, en este parque lo característico del paisaje son los arcos naturales formados en la piedra. Recorrimos un poco el lugar (es bastante más pequeño que Canyonlands) y elegimos un arco fácilmente accesible y al que le iba a dar la luz del sol en el ocaso, el Landscape Arch.
Después esperamos a la puesta del sol y disfrutamos del entorno mágico y del juego de luces del sol en las rojizas paredes de arenisca.
Mesa Arch.












Landscape Arch.





20 de agosto. De Moab a Boise
Este era el día previo al del eclipse y teníamos que hacer un traslado largo hacia el norte atravesando todo el estado de Utah para llegar a Boise, en Idaho. Boise iba a ser nuestra base para trasladarnos a la zona de la totalidad del eclipse, un poco más al norte de esta ciudad.
Así que la crónica de este día se puede resumir en casi diez horas de coche por paisajes bonitos que fueron cambiando de zonas muy llanas a otras zonas más montañosas, y de zonas habitadas, como al cruzar Salt Lake City, y zonas en los que no había casi nada ya en Idaho.
Llegamos algo tarde al hotel Cabanna Inn de Boise, y nos acostamos temprano. Mi plan era salir por la mañana hacia las ocho para ir al centro de la franja de totalidad del eclipse, a unos 50 km al norte de Boise, en Smiths Ferry. Pero, ante el insistente anuncio en todas partes de la posibilidad de grandes atascos y dificultades para aparcar, comprobamos en Internet que en Smiths Ferry y en otras pequeñas localidades situadas en el centro de esta franja ya era imposible aparcar si no habías reservado plaza con antelación.
Así que, aconsejados por el hijo del dueño del hotel, cambiamos el emplazamiento a Ontario, un pueblo de unos 10.000 habitantes en Oregon, justo en la frontera con Idaho. Aunque allí la totalidad iba a durar un minuto menos que en el centro de la franja, era más probable no tener problemas para llegar y aparcar en un buen sitio. Eso sí, el consejo que nos dio era el de salir de Boise hacia las 5 de la mañana.
Finalmente lo dejamos en las 6, que ya era bastante madrugón.

Total de kilómetros en coche: 927 km


21 de agosto. Eclipse total en Ontario (Oregon) y tarde en Boise
Salimos a la hora prevista en dirección a Ontario con comida y agua y todo preparado. Sin problemas de tráfico llegamos a Ontario y tras dar una vuelta elegimos un parque como nuestro punto de observación. Tuvimos mucha suerte con el tiempo, ya que hacía un día espectacular con un cielo azul precioso.
Era un buen lugar, junto a un campo de rodeo de caballos y con gran ambiente de eclipse, ya que había mucha gente con sillas, equipos de observación astronómica y con todo lo necesario para pasar allí el día. Incluso llegaron cuatros autobuses con un gran grupo de surcoreanos con varios telescopios para la observación.
El eclipse allí comenzaba hacia las 10:00 de la mañana, pero la totalidad iba a ser de 1 minuto 38 segundos a las 11:27 del mediodía. Así que, a esperar.
Cuando empezó la Luna a cubrir el Sol ya empezamos a mirar con las gafas de eclipse que habíamos llevado desde casa. Así se veía cómo el Sol iba siendo tragado poco a poco por la Luna. Pero no fue hasta que estuvo cubierto en un 90%, aproximadamente, cuando se empezó a notar realmente la disminución de la luz ambiental. Hasta entonces sí que había menos luz, pero el Sol es tan potente que incluso tapado en buena parte el día era luminoso. Pero ya cuando faltaban unos pocos minutos para la totalidad, se notaba claramente que había menos luz, e incluso se notaba que había bajado la temperatura.
Y luego, justo en el momento en el que la Luna ocupó toda la superficie del Sol, ocurrió el milagro: se hizo de noche en pleno día. Ya no hacían falta las gafas de protección. Estaba oscuro, tanto que no podía ver los botones de la cámara de fotos a simple vista. El cielo se volvió casi negro y se veía perfectamente Venus, lo que era imposible unos instantes antes.
La gente gritaba y aplaudía. Era increíble. Es algo que si no lo vives no aciertas a entender la magia de ese breve instante que justifica todo el viaje. Ahora comprendo a la gente que viaja a cualquier rincón del mundo cada año para observar un eclipse total de Sol. Ya estoy deseando que llegue el 12 de agosto de 2026, cuando se podrá ver uno desde España.
Y de repente, tal y como había venido, la Luna dejó pasar de nuevo la luz del Sol y volvió a ser de día. Fueron solo unos segundos, pero muy intensos, la verdad.
Tras un rato disfrutando del momento, ya emprendimos el regreso a Boise, ya que era muy probable que la autovía se fuera llenado de tráfico a medida que la gente quisiera regresar a sus casas y hoteles.
Sin mayores problemas llegamos a Boise y tras descansar un rato entregué el coche en la oficina de alquiler y luego fuimos a ver el Basque Block de la ciudad, el barrio vasco.
Hace un siglo llegaron un montón de vascos a los EE.UU. para trabajar de pastores en esas tierras tan grandes. Gran parte de ellos fueron a Idaho, a Boise en concreto, y por eso hoy en día hay un importante centro vasco en esta ciudad, además de un museo vasco y una calle con ikurriñas y con los apellidos de los vascos que llegaron allí grabados en las aceras del Basque Block, como se conoce esta calle. Por cierto, entre estos apellidos está el de mi mujer, ya que su abuelo fue uno de los vascos que emigraron allí hace un siglo.
Estuvimos un rato por allí y cenamos en el Bar Gernika. Yo pedí un bocadillo de lomo con pimientos rojos que me lo podrían haber preparado igual de rico en cualquier pueblo de Euskadi.

A puntito del 100%.

Surcoreanos.

Ya se nota la oscuridad.



Y por fin la totalidad.

Detalle de la corona solar.

video
El vídeo de la totalidad. ¡Qué pasada!


Vuelve a "amanecer".



El capitolio de Boise.




Detalle de los apellidos vascos.

Mi cena vasca.

22 de agosto. De Boise a Filadelfia
Al día siguiente nuevo madrugón, ya que teníamos un vuelo a Salt Lake City a las 6 de la mañana, para coger allí otro vuelo a Filadelfia.
Sin mayores anécdotas, llegamos a Filadelfia a la tarde. Allí habíamos quedado con nuestros amigos Juan y Linda, que iban a ser nuestros anfitriones dos noches en su casa en New Hope, en Pennsylvania.
Tras juntarnos con ellos, fuimos a cenar al barco-restaurante Moshulu, pero antes paramos en las escaleras del Museo de Arte, famosas por ser las que sube Rocky en la película en sus entrenamientos. Y tal y como había hecho en Monument Valley, tampoco me resistí a sacarme un vídeo en este centro de peregrinación de runners y peliculeros de todo el mundo, je, je.
El barco Moshulu es un magnífico velero de cuatro mástiles que hoy en día es un reconocido restaurante en la ciudad. Es igualmente famoso porque sale también en la escena de Rocky, cuando corre por los muelles de Filadelfia, y también aparece en “El padrino I”, ya que es el barco en el que el niño Vito Corleone llega a Nueva York desde Italia.
Después de cenar fuimos a casa de Juan y Linda a descansar.




video
Segundo vídeo "mito-runner" del viaje.

Parte del museo marítimo al aire libre de Filadelfia.

Con Juan y Linda antes de cenar en el Moshulu.

Cerveza "Jai Alai" que homenajea al juego de la Cesta Punta.



23 de agosto. Filadelfia
Tras dormir bien, por la mañana me acerqué con Juan al río Delaware para correr un rato cerca del Washington Crossing, un lugar histórico ya que fue donde George Washington cruzó este río el 25 de diciembre de 1776 para lanzar una ofensiva contra los ingleses en la Guerra de la Independencia.
Después fuimos a pasar el día de nuevo a Filadelfia, primera capital de los EE.UU., para ver con más calma el Museo de la Constitución y la Campana de la Libertad, la Liberty Bell, que se tocó el 8 de julio de 1776 para llamar a los ciudadanos a la lectura de la Declaración de Independencia. Es todo un símbolo nacional en los EE.UU.
Fue un bonito día muy cultural por una de las ciudades más importantes del país.
Para terminar, cenamos en el Martine's Riverhouse, un agradable restaurante en New Hope, un pueblo de Pennsylvania con un pasado hippie muy característico.
Con Juan, junto al río Delaware.

Después de Washington, Rocky es un personaje en la ciudad.

Liberty Bell.


Independence Hall. Aquí se debatió y se adoptó la Constitución de los EE.UU.


Los padres de la nación.


Agradable lugar para cenar en New Hope, junto al río Delaware.

"Martine's Riverhouse", el restaurante.

24 de agosto. De New Hope a Nueva York
Al día siguiente Juan y Linda nos llevaron al hotel La Quinta Inn Manhattan en Nueva York y nos despedimos de ellos.
Nuestra última noche en EE.UU. iba a ser en esta ciudad que tanto me gusta. Es la octava vez en la que estoy allí y casi me siento como en casa.
Tras dejar las cosas en el hotel, dimos una vuelta por la ciudad y luego bajamos hasta el One World Trade Center, donde teníamos reservadas las entradas para subir al observatorio del edificio erigido tras los tristes atentados del 11 de septiembre de 2001. Es la segunda vez que subo y la verdad es que me ha vuelto a gustar mucho esta visita, tanto el edificio como los originales vídeos que ves en los ascensores, tanto al subir como al bajar (nos gustaron tanto que al bajar, como había poca gente, volvimos a subir y bajar para verlos de nuevo). Quizás como edificio me gusta más por sus líneas clásicas el Empire State Building, y las vistas tal vez sean mejores desde el Rockefeller, pero este edificio nuevo merece mucho la visita, tanto el edificio en sí mismo como el espacio que hay a su alrededor, que conforma el Memorial 9/11, con las piscinas que se hunden en el vacío que dejaron las dos torres derribadas por la sinrazón y en las que están grabados los nombres de las casi 3.000 personas que fallecieron allí.
Para terminar el día cenamos en un irlandés cerca de Times Square y tomamos una copa en el bar de la terraza de nuestro hotel, bajo el elegante Empire State Building.
Freedom Tower.


Las vistas desde el One World Observatory son espectaculares. La pena es que las fotos las sacas a través del cristal, lleno de reflejos.

Puentes de Manhattan y Brooklyn. 

Puente Verrazano-Narrows al fondo, donde empieza el Maratón de NY.




Estatua de la Libertad y la isla Ellis.







Cosas que ves en Times Square.

Vistas desde nuestra habitación.

Times Square. 


Una de las piscinas del 9/11 Memorial.

video
Al llegar al observatorio, Manhattan se aparece a nuestros pies. Impresionante.

25 de agosto. Nueva York y regreso a casa
Todo lo bueno se acaba. Tocaba volver a casa tras un viaje magnífico cargado de grandes experiencias y de paisajes maravillosos. Por suerte, nuestro vuelo de regreso no salía hasta las 10 de la noche, así que teníamos casi todo el día para disfrutar de Nueva York.
Por la mañana salí a correr hasta Central Park. Qué mejor lugar que ese para hacer mi último entrenamiento en EE.UU. Entre la ida hasta el Parque y la vuelta y las paradas para hacer algunas fotos, al final corrí una hora y cuarto y me di una buena sudada. En Central Park quería pasar por la meta del Maratón de Nueva York para saludar a la estatua de Fred Lebow, el creador de esta carrera, mi favorita. Pero cuando me detuve en la zona del “Jacqueline Kennedy Onassis Reservoir” para hacer la típica foto con el estanque y las torres del edificio “El Dorado” al fondo, resulta que me encontré por casualidad con la estatua, ya que ahora la han situado allí. No está muy visible, porque está rodeada de árboles, por lo que tuve suerte al verla.
Después de ducharme, dejamos las maletas en el hotel y estuvimos un rato paseando por la zona del Flatiron hacia Greenwich Village. Allí comimos algo y luego subimos en Metro hacia el norte y bajamos por la Quinta Avenida mientras veíamos la Catedral de St. Patrick´s y algún otro edificio emblemático de la ciudad, como la Trump Tower, que ahora es más famosa que antes.
Después ya regresamos al hotel y nos trasladamos al aeropuerto JFK para esperar el vuelo nocturno a Frankfurt y de allí a Bilbao, a donde llegamos al día siguiente por la tarde, muy cansados pero llenos de grandes recuerdos.
El viaje había concluido. Un viaje perfecto, un viaje completo.

Junto a Fred Lebow.

Central Park.

Times Square.

Flatiron building.



Catedral de St. Patricks.


Última foto en NY, dedicada a Mr. Trump. No entiendo cómo un país con una gente tan amable ha podido elegir a alguien tan maleducado como este señor.


Información útil para viajar a EE.UU.:

Trámites: Si vas a viajar a EE.UU. asegúrate de tener el pasaporte en regla y que no te caduque en el viaje. Para ir necesitas rellenar la solicitud de entrada, el ESTA, para que tu visita sea admitida. Es un trámite sencillo que se hace por Internet (y se paga por Internet) en esta web: https://esta.cbp.dhs.gov/esta/application.html?execution=e1s1

Dinero: Lleva dólares en metálico además de varias tarjetas de crédito por si tienes problema con alguna de ellas.

Clima: Según en qué época del año viajes y a qué estados vayas, puede hacer mucho frío o mucho calor.

Comer y beber: No es difícil encontrar lugares donde comprar comida para llevar. En esos sitios no es caro comer y te ahorras las propinas. Si vas a un restaurante entonces sí que sale caro, ya que además de la comida en sí, tienes que añadir el precio de la bebida (salvo la cerveza, las bebidas alcohólicas son caras, por ejemplo un vaso de vino te puede costar 10 dólares), los impuestos (taxes) y la propina, que se puede decir que en esos sitios es obligatoria y puede ser de entre un 15% o un 20%.

Conducir: Cualquier coche que alquiles va a tener transmisión automática. Para los que conducimos coches manuales, al principio se nos hace raro conducir uno automático. Solo hay dos pedales: freno y acelerador. La pierna izquierda no se usa para nada. La palanca de cambios tiene la posición P, para aparcar, la R, para ir marcha atrás, la N de neutra (no se usa), y la D de conducir normal. Así que pisas el freno, pones la D (o la R) y al soltar el freno el coche se empieza a mover despacio. Al pisar el acelerador las marchas van cambiando solas hacia arriba, y al pisar el freno las marchas se reducen solas.
Las normas de circulación son las mismas que en Europa, pero hay normas que se cumplen bastante (respetan más que en España los límites de velocidad), y otras que incumplen sistemáticamente, como lo de circular por el carril de la derecha en las autopistas y autovías. Si hay más de dos carriles se circula indistintamente por cualquier carril y te adelantan tanto por la izquierda como por la derecha. Al principio te cuesta adaptarte, pero luego ves que lo que hay que hacer es elegir un carril, ponerte a la velocidad a la que van los demás (normalmente al límite permitido o un poquito más, pero no mucho más) y no cambiarte de carril salvo que tengas que salir de la autovía o alcances a algún vehículo lento.
Lo que sí que cambia respecto a Europa, es que en los cruces los semáforos no están donde detenemos el coche, sino al otro lado del cruce. Si vamos a girar a la derecha podemos hacerlos aunque el semáforo esté en rojo, con cuidado de mirar que no venga nadie por la izquierda.
Hay pocas autopistas de pago, y el límite de velocidad cambia de un estado a otro, pero la señalización es muy buena. Por donde nos hemos movido nosotros los límites han variado desde 65 millas por hora hasta 80 millas por hora.

Gasolineras: En las autovías para coger gasolina normalmente tienes que salirte de la autovía. Hay pocas estaciones de servicio en las autovías como las que estamos acostumbrados en Europa. Muchas gasolineras son de auto-servicio con pago con tarjeta de crédito o débito. ¡Ojo! Al meter la tarjeta la máquina te pide un código postal. Como no vivimos allí, a veces no te admite la tarjeta. En otras si pones 00000 te vale. Si no te la admite y no hay personal en la gasolinera tienes un problema. Sobre todo en las zonas más despobladas, ya que no hay muchas gasolineras.
Nosotros tuvimos ese problema el primer día. Llegamos a Yosemite ya con solo un cuarto de depósito. Cerca del hotel había una gasolinera, pero solo de auto-servicio y no nos admitía la tarjeta. Por suerte la gente en este país es muy amable. Le pedimos al conductor de otro coche que llegó después que nosotros a ver si nos podía pagar la gasolina con su tarjeta y nosotros le pagábamos en metálico. No puso ningún problema y salimos del paso. A partir de allí no dejábamos que el depósito bajara mucho sin repostar.
Por cierto, en las gasolineras donde hay personal te sale más barato si pagas en metálico.

Entrada parques: Para entrar en los Parques Nacionales hay que pagar entre 30 y 40 dólares por vehículo. Si vas a visitar varios parques, lo mejor es comprar en el primero el Pase Anual por 80 dólares y te sale mejor que pagar la entrada de cada uno. En Monument Valley y otros lugares gestionados por los Navajo no sirve el Pase Anual y se pagan 20 dólares por coche.

Factura maleta vuelo interno: En los vuelos internos en los EE.UU. te cobran aparte del billete la facturación de las maletas. A nosotros no costó 25 dólares facturar una maleta de Boise a Filadelfia.

Gastos del viaje:
- Hoteles: 1.600 euros las 12 noches en habitaciones dobles. Hemos pagado desde 65 dólares la noche en Boise hasta 220 la noche en New York.
- Coche de alquiler: 765 euros (10 días).
- Vuelos: 1.250 euros cada uno (con Lufthansa y con Delta el vuelo interior).
- Gasolina: 200 euros para unos 4.000 km.
- Comidas: 950 euros en total.
- Taxis, entradas parques, etc.: 335 euros.