viernes, 9 de noviembre de 2018

NYC Marathon’18: una vez más en el cielo de los maratonianos

—Enrique, empiezo a notarme muy cansado. Igual camino un poco en el avituallamiento –le comento a Enrique a la altura del km 30, en mitad de esa larguísima recta de más de cinco kilómetros que es la 1ª Avenida en Manhattan.
Gran foto que refleja muy bien nuestra carrera. Un gran equipo unido.

Hasta un rato antes, desde la salida hasta entrar en la 1ª Avenida, me encontraba muy bien. Los primeros 25 kilómetros habíamos ido los cuatros juntos, Enrique, Amaia, Arteche y yo. Como Amaia venía a Nueva York con muy poca preparación por una lesión que casi le ha impedido correr desde verano, habíamos empezado la carrera muy tranquilos para mantenernos los cuatro juntos a ser posible hasta la meta. Luego, en el km 15, fue Arteche el que empezó a sentirse mal. Al parecer, un gel no le sentó bien y bajamos aún más el ritmo para seguir juntos. Hasta ahí íbamos muy bien para terminar la carrera en un tiempo de 4:15 o 4:20. Pero luego, en el puente Queensboro, justo antes de la pancarta de km 25, y a las puertas de entrar en Manhattan por primera vez, Arteche empezó a caminar.
—Seguid vosotros —nos dijo, —que yo no puedo. No me siento bien.
Durante un rato caminamos los cuatro juntos. Luego, en mitad del puente, aprovechamos para hacernos una última foto los cuatro juntos con Manhattan al fondo. A partir de ahí, y por la insistencia de Arteche, Enrique y yo fuimos para adelante solos. Amaia se quedaba con Arteche, porque prefería no forzar su pierna.

Todo había comenzado muchos meses antes, cuando nos fuimos animando algunos del equipo Beer Runners Bilbao a participar en el Maratón de Nueva York. Yo ya había dicho que en 2018, cinco años después de mi primera participación en el mejor maratón del mundo, quería repetir la experiencia. Luego, faltó poco para que Amaia, Enrique y Arteche. Alguno más dudó en venir. Para asegurarnos el dorsal, decidimos apuntarnos a un viaje organizado por una agencia oficial, Sportravel, con los que yo ya había ido a Nueva York en 2012 y 2013, y a París y Berlín en 2016 (a la capital alemana también con Arteche y Enrique, entre otros).
Y así, y aunque parecía un sueño lejano, llegó el jueves 1 de noviembre y cogimos un avión que nos llevó a Madrid, y allí otro que nos dejó en el JFK de Nueva York. Ya estábamos en la Gran Manzana. Para Iagoba era su primera vez en los EE.UU. Los demás ya conocíamos el país y la ciudad. Fue un jueves muy largo, madrugando en Bilbao y trasnochando en Nueva York debido a la diferencia horaria. Después de dejar las maletas en el hotel dimos un paseo por Times Square y cenamos unas hamburguesas en un bar acompañadas de unas cervezas, antes de acostarnos.
El viernes por la mañana desayunamos algo ligero y cogimos el metro hasta Columbus Circle para correr suave por Central Park y ver la zona de la meta del maratón. Era emocionante estar allí. Nos sacamos unas fotos con la meta de fondo y con la estatua de Fred Lebow, organizador de los primeros maratones de Nueva York. Luego dimos media vuelta al lago del parque, el Jacqueline Kennedy Onassis Reservoir, por el camino que lo bordea, y llegamos hasta la zona central, donde todo el mundo se saca la foto clásica con el edificio Eldorado y sus dos torres al fondo. Después, fuimos a la estatua de Alicia en el país de las maravillas, y ya caminando fuimos hasta el edificio Dakota, en cuya entrada asesinaron a John Lennon, y vimos la placa que hay en el parque con la letra de su famosa canción Imagine antes de volver en metro otra vez al hotel.
Tras una ducha, fuimos dando un paseo hasta el Jacob K. Javits Convention Center, el lugar donde se recogen los dorsales de la carrera y donde se encuentra la inmensa feria del corredor, tal vez la más grande de todos los maratones internacionales.

Media hora de lucha contra la interminable recta de la 1ª Avenida y por fin pasamos el puente de la Avenida Willis y entramos en el Bronx. Sigo con Enrique, pero en los avituallamientos voy caminando y luego le tengo que coger. Por suerte, va despacio. Por el Bronx solo corremos unos dos kilómetros. Luego se pasa el puente de la Avenida Madison y entramos definitivamente a Manhattan. Ahí ya empiezo a perder de vista a Enrique porque tengo que empezar a caminar en ocasiones. Estoy vacío. Incluso corriendo al ritmo al que voy, que es muy lento, las pulsaciones y las sensaciones son de correr rápido. Algo parecido a lo que me ocurrió en la parte final del Maratón de Médoc en septiembre.
La única explicación que encuentro es que Nueva York es un maratón al que llegas muy cansado a la salida. Se juntan el viaje, el cambio de horario, todos los kilómetros que caminas por la ciudad los días anteriores, una comida que no es la mejor para recargar los depósitos como debieras, un madrugón para ir a la salida…
De vez en cuando miro el teléfono para seguir la increíble retransmisión de la carrera que está teniendo lugar en el chat del whatsapp de los Beer Runners Bilbao. En los primeros kilómetros incluso les pude enviar alguna foto y algún comentario en directo. Ahora apenas tengo fuerzas para leer (y además estoy sin gafas, je, je). Fue emocionante poder leerles en vivo, y fue divertido luego por la noche cuando pudimos leer con calma todos los mensajes. ¡Qué grandes son todos! Casi sufrieron más que nosotros al ver que parábamos de vez en cuando y al ir teniendo noticias de Arteche y de sus problemas.
Por el chat me entero de que Amaia y Arteche han seguido juntos unos kilómetros más, pero Arteche ha tenido calambres en los gemelos de ambas piernas y sigue mal del estómago, por lo que se ha quedado atrás. Amaia parece que va bien y Enrique está algo por delante de mí.
Me queda poca batería del móvil y prefiero no mirarlo mucho. En las más de dos horas que hemos estado esperando en Staten Island a la salida y en los primeros 25 kilómetros he sacado muchas fotos y eso se paga. Pero quería tener fotos de esos kilómetros juntos para poder enviar una foto buena a El Correo, ya que he quedado con un amigo de Deportes en enviarle un pequeño artículo sobre la carrera.

Ya con los dorsales y las camisetas oficiales en la mano, entramos en el inmenso stand de New Balance, patrocinador oficial de la carrera, y empleamos un buen rato en ver todo lo que ofrece. Compramos algo y luego vamos a la otra parte de la feria, donde están el resto de marcas. En el stand de la revista Runners’ World nos sacan una foto que te la entregan como si fuese la de la portada del mes. Por fin salimos de la feria y nos tomamos una foto con un anuncio inmenso de una marca de cervezas que da la bienvenida a Nueva York a todos los Beer Runners del mundo. Luego echamos un vistazo por fuera al portaaviones Intrepid y volvimos hacia el hotel. A la tarde empezó a llover fuerte, pero por suerte el tiempo nos aguantó casi todo el día.
El sábado por la mañana llovía. Fuimos a una excursión organizada y recorrimos en autobús buena parte de la ciudad, como Harlem, el Bronx, el barrio judío de Queens y Brooklyn. En Brooklyn dejamos el bus y comimos unas hamburguesas. Luego estuvimos sacando unas fotos del skyline de Manhattan, que es espectacular desde esa parte del East River, antes de tomar un ferry a Wall Street desde donde visitamos la Zona 0 y luego caminamos un poco por el puente de Brooklyn.
Después, regresamos en metro al hotel y luego cenamos en un italiano, pero tal vez la cantidad no fue lo suficiente para correr un maratón al día siguiente. Eso junto a comer unas hamburguesas al mediodía fue, tal vez, la causa de mi bajón a partir del km 30. Poca gasolina en los depósitos y se me gastó antes de tiempo.
Hacía frío y un viento algo desagradable, pero la previsión para el domingo era de sol, poco viento y temperatura algo fresca. Ideal para correr. Ese día nos acostamos temprano, pues el domingo a las 6 de la mañana nos recogía el autobús de Sportravel para el traslado a la salida. Un buen madrugón para luego esperar casi tres horas sentados en el suelo. Menos mal que no llovió.

Antes de entrar en Central Park para correr los últimos kilómetros hacia la meta, en un giro de noventa grados, hay una pantalla gigante en la que se muestran los mensajes que los seguidores de cada corredor han subido a través de la aplicación del móvil de la carrera. Sé que mi mujer me ha enviado unos mensajes en esa aplicación, así que corro mirando la pantalla, incluso deteniéndome un poco, pero no veo ningún mensaje suyo. Supongo que somos demasiados corredores como para que todos podamos verlos.
Ya en Central Park, si la animación del público hasta ahora ha sido una locura (casi es un descanso el paso por los puentes, donde no hay público, para poder escuchar mis pensamientos), ahora pasa a ser una multitud de gente gritando y chocando las manos de los corredores. Una vez más, como en 2013, agradezco a cientos de personas chillar mi nombre que está escrito en mi camiseta. Durante todo el recorrido es increíble lo que anima aquí la gente. Dicen que hay dos millones de personas a lo largo de todo el maratón, y la verdad es que puede ser, aunque no los conté a todos. Gracias, Nueva York, por este día.
La fatiga que llevo hace que de vez en cuando tenga que ir caminando. Además, me han empezado a dar algunos calambres en las piernas. Mientras me acerco a la curva de Columbus Circle, desde donde ya encaramos los últimos centenares de metros hasta la meta, empiezo a mirar al público buscando a Juan y a Linda, mis amigos de EE.UU. que me están esperando. Con ese pensamiento logro correr bastante rato sin tener que caminar. Finalmente escucho la voz de Juan que me grita. Menos mal, porque ya les había pasado.
Les saludo y nos sacamos una foto. Les digo dónde está mi hotel y sigo corriendo hacia la meta. Al girar en la curva me espera un pequeño descenso y luego una última cuesta antes de entrar en meta. Estoy con tan malas sensaciones que debo caminar en la cuesta abajo, pero por fin veo la meta y la cruzo en una mezcla de alegría inmensa por estar allí, por haber logrado terminar un nuevo maratón (mi vigésimo cuarto), y de alivio por poder parar por fin.
Tras pasar la meta dejo de correr y me agacho un poco para coger aire. Una persona de la organización se me acerca para ver si estoy bien. Le digo que sí, que solo necesito un minuto. Cuando ya estoy algo mejor, miro el reloj. He tardado 4:34, un minuto más que en 2013. Bien. No es un maratón para correr, es un maratón para vivirlo con todos los sentidos puestos en absorber todo lo que lo rodea, el público, la gente corriendo, los sonidos, los choques de manos, los puentes. Todo en este maratón se multiplica hasta el infinito. El tiempo que tardes en correrlo es muy secundario, desde mi punto de vista. Sí, me hubiera gustado correrlo con mejores sensaciones, pero no me hubiera gustado correrlo en menos tiempo.
Luego ya camino un poco y me saco una foto. Envío un mensaje escueto (“En meta. Muerto y sin batería del móvil”) y cuando quiero llamar a Enrique, que debe de estar por allí, el móvil se me apaga.
Recojo mi medalla (preciosa la de este año), me dan un plástico para abrigarme un poco, luego me saco una foto con la medalla en el photocall de la meta y sigo avanzando en dirección a la salida de Central Park. Es imposible que me encuentre allí con Enrique, y Amaia y Arteche es seguro que tardarán en llegar. Si espero me voy a quedar muy frío. Pese al sol, la temperatura será de unos 13ºC, y la camiseta térmica fina que llevo debajo de la de correr está sudada. Así que me pongo el chubasquero que he llevado toda la carrera en la cintura, recojo una bolsa con algo de comida y bebida y sigo avanzando por el pasillo que conduce a la salida tras unos 700 metros que debemos andar antes de salir de la zona vallada.
Poco antes de la salida nos entregan un poncho azul que abriga más. Junto al edificio Dakota, donde termina la zona vallada, me quito las camisetas sudadas y me pongo otra que llevaba en un bolsillo del chubasquero para ponérmela seca ahora. Luego, sin pérdida de tiempo me dirijo a la boca del metro para poder llegar al hotel lo antes posible. No me encuentro muy bien y además quiero llamar a casa y encontrarme con Juan y Linda cuanto antes. Y luego quiero saber dónde están los demás.
En el metro, donde apenas hay sitio, empiezo a sentirme mal. Un sudor frío empieza a recorrer mi frente. Conozco lo que sigue. Es una bajada de tensión, como me pasó tras el Maratón de París, donde también corrí con fatiga la última parte. Antes de desmayarme y montar un show en el vagón, aprovecho que el tren se detiene en una estación y salgo disparado. Me siento en el suelo y luego me tumbo. Tengo que hacer que la sangre vuelva a mi cabeza. Por suerte el andén está vacío y no llamo mucho la atención. Solo al de unos diez minutos se me acerca un empleado para ver si estoy bien. Le digo que sí.
Tras recuperarme un poco me levanto y cojo el siguiente tren. Salgo en la calle 28 y camino las tres manzanas que me separan del hotel. Estoy cansado y frío cuando entro por la puerta y me encuentro con Juan y Linda que me estaban esperando. Me alegro mucho de verles y les doy un abrazo. Luego subo a mi habitación, enchufo el móvil, llamo a casa y compruebo que Enrique está en el metro y que Amaia y Arteche han terminado la carrera. Arteche tras hacer caminando los últimos kilómetros y Amaia algo mejor por delante de él. Me ducho y al bajar al hall justo aparecen Amaia y Arteche. Están bien. Me alegro mucho de verles.
Voy con Juan y Linda a cenar algo (es tardísimo) en un italiano. Me recupero enseguida. Luego hablo con los demás que ya están duchados y vienen a cenar al mismo restaurante. Ha sido un día muy duro, largo e intenso. Un día feliz e inolvidable. Tenemos muchas anécdotas que contarnos. Juan y Linda tras la cena se marchan, porque tienen que coger un tren hasta Trenton y luego su coche para llegar a su casa en Pennsylvania, y nosotros nos quedamos un rato más.
Ese domingo nos fuimos pronto a descansar. Lo necesitábamos. Por cierto, me costó bastante quitarme los pantalones, porque me daban calambres en las piernas en lugares insospechados.
El lunes teníamos todo el día libre. Por la mañana fuimos a la tienda de New Balance para ver qué ofertas tenían del merchandising de la carrera. Hicimos unas compras y también compramos algo en otra tienda de deportes que tenían ofertas por el maratón y en unos almacenes donde venden pantalones Levi’s a mitad de precio. Dejamos las cosas en el hotel y fuimos en metro hasta el Museo de Historia Natural junto a Central Park, el de la película Noche en el Museo. Antes de entrar nos comimos unos hotdogs para matar el hambre. Por la tarde teníamos entradas para ver el atardecer en el Top of the Rock, la terraza del edificio Rockefeller. Aunque se puso a llover, sacamos unas fotos muy bonitas con el fondo de las espléndidas vistas de Nueva York que hay desde allí.
Luego cenamos en el mismo edifico del Rockefeller, visitamos un poco la catedral de San Patricio, y fuimos a tomar una cerveza a un bar muy bonito, el Oscar Wilde, que teníamos cerca del hotel. Bueno, quien dice una cerveza dice tres o cuatro, pues nos quedamos allí (menos Iagoba) hasta que cerraron el bar a las tres de la mañana, je, je. En Berlín, en 2016, también cerramos un bar tras la carrera, en aquella ocasión vestidos todavía de corredores, porque fue antes de ir al hotel a ducharnos. Habrá que instaurar la costumbre de cerrar un bar tras cada Major que terminemos.
En fin. A la mañana siguiente, cuando me tocaron, suavemente, la puerta de la habitación para ver si estaba vivo (¡a las nueve de la madrugada!) tenía un buen dolor de cabeza y la voz algo ronca.
Una corta visita a la magnífica estación Grand Central antes del traslado al aeropuerto puso fin a unos estupendos días de risas, turismo, deporte y buen ambiente.
Ahora a pensar en cómo diablos voy a correr el Maratón de San Sebastián dentro de tres domingos.

 Primera cena en Times Square.



 Con ganas de cruzar de nuevo esta meta única.

 El arquero.

 Con la camiseta de Un paso por el Tourette.



Foto clásica con el edificio Eldorado de fondo.

Como en la portada de mi novela "42,2 Muerte en Central Park".

Alice in wonderland.


El edificio Flatiron.

 Mi habitual foto con el dorsal y la camiseta de la carrera.


Portada del Runner's World.



 Todo listo para el gran día.

 Con Dani Quintero, el Capo di capi de los Beer Runners España.

 Vista del amanecer en Manhattan desde el bus hacia la salida.

Entrada a los corrales.

 Indigentes en Staten Island.

 Primero kilómetros por el puente Verrazano-Narrows.



 Al paso por el Medio Maratón.

Última foto juntos en el puente de Queensboro.


 Entrando a meta.





Con Juan y Linda después de cenar.

El artículo en El Correo.


Y salimos en The New York Times al día siguiente del maratón.

 En el Bronx.

 En Brooklyn, con el puente de Manhattan al fondo.









El making of.


Todo el mundo quiere tocarle los huevos al toro de Wall Street.

In memoriam.

 Freedom tower.

 Puente de Brooklyn.



 Museo de Historia Natural.

 Vista desde el Top of the Rock




Arteche.

Enrique.

Amaia.


 ¿Otra ronda?

 En el Oscar Wilde.


 Grand Central Terminal.


martes, 23 de octubre de 2018

III. Medio Maratón Zubiri-Pamplona


El sábado pasado, mientras la mayor parte de mi equipo Beer Runners Bilbao correteaba por las calles de mi ciudad en las diferentes distancias (10k, Medio Maratón y Maratón) y se lo pasaban como enanos (lo reconozco, me han entrado ganas de correr el maratón en Bilbao el año que viene), yo participé por tercera vez en este bonito Medio Maratón entre el pequeño pueblo de Zubiri y la capital navarra. Las dos ediciones anteriores me agradaron mucho y esta ha sido igual. Es una buena excusa para pasar el fin de semana en Iruña-Pamplona.
En plena subida a la cuesta de Santo Domingo. Siempre hay tiempo para sonreír.

Como en los años anteriores, la organización pone un servicio de autobuses para llevarnos a los corredores a la salida, desde allí nos trasladan las mochilas hasta la meta, y en la meta hay un buen servicio de duchas, una pequeña fiesta donde nos invitan a un pincho de txistorra y una cerveza, y además nos ofrecen junto a la medalla de la carrera una bolsa con un montón de productos, incluyendo una botella de vino navarro. Qué más se puede pedir.
Respecto a mi carrera, este año, a pesar de que tengo el Maratón de Nueva York a la vuelta de la esquina (en dos semanas) no me encuentro tan bien de forma como el año pasado, cuando corrí este medio maratón en 1:40:38, así que la idea era tomármelo con calma y hacer una tirada larga de calidad.
Llegué a Zubiri en el autobús, charlando con algunos de la organización casualmente, y tras tomarme un café y saludar al speaker Juan Mari Guajardo (que por la noche haría también este trabajo en Bilbao), me cambié, dejé la mochila en el guardarropa y corrí cuatro kilómetros suaves antes de ir a la salida de la carrera, así haría un total de 25 km de entreno de fondo.
Antes de salir, programé mi Garmin para terminar la carrera en 1:50 y así podía ir viendo en todo momento si iba por encima o por debajo de ese tiempo. No sabía que en mi Garmin tuviera esa función, pero me la enseñó un corredor en el autobús.
Salimos y empecé a mirar mis vatios, ya que quería ir todo el rato en torno a los 220 w. También iba comprobando que mantenía un ritmo algo más rápido que el de terminar en 1:50. De pulso iba por debajo del umbral. Todo bien.
Esta carrera es muy agradecida, ya que el perfil, salvo la brutal entrada a Pamplona por la cuesta de Santo Domingo, es descendente. La predicción del Garmin fue durante toda la carrera bajando cada vez más de tiempo, para estabilizarse en un tiempo previsto final de 1:45. Iba todo el rato concentrado en mantener los vatios en torno a los 220 sin problemas.
A mitad de carrera, tras dos repechitos que se suben, metí un puntito más y así fui hasta la entrada en Pamplona. Subí todo lo rápido que pude la cuesta hasta la meta del Ayuntamiento y paré el crono en un tiempo bueno de 1:44:54. Muy contento. Mucho mejor que lo que esperaba. Según el Strava, en la subida final solo tardé un segundo más que el año pasado.

Datos:
Tiempo: 1:44:54
Ritmo medio: 4:57
Pulsaciones medias: 142 ppm
Potencia media: 227 w
Cadencia media: 183
Puesto final: 369 de 643 clasificados

Primera parte hasta el km 10,5:
Ritmo: 4:58
Potencia media: 224 w
Pulso medio: 138 ppm

Segunda parte:
Ritmo: 4:56
Potencia media: 229 w
Pulso medio: 145 ppm
Pulso en meta 160 ppm
Bonita meta en la Plaza del Ayuntamiento.

Pasando el Puente de Curtidores, poco antes de la cuesta final.

Perfil de la carrera y gráficas de pulso y potencia.

martes, 9 de octubre de 2018

Gernika-Bilbao 2018: un punto de inflexión

En las dos primeras ediciones de esta carrera novedosa en Bizkaia no pude participar porque me coincidieron con algunos maratones en mi calendario. Por eso, este año tenía una gran ilusión por poder correr, por fin, entre las localidades de Gernika y Bilbao. Una tirada larga, más larga de lo habitual, y además, con el Alto de Autzagane de por medio (amén de unas cuantas cuestas más).
Entrando a meta con la camiseta de Un paso más por el Tourette.

Y digo que es una carrera novedosa, porque en su formato se puede decir que son cuatro carreras en una, pues los participantes podemos elegir entre cuatro salidas (y cuatro distancias) diferentes, con lo que una misma competición atrae a todo tipo de runners, tanto los que disfrutamos de las pruebas largas de fondo, como los que prefieren distancias más cortas para poder correr muy rápido o porque aún no tienen la confianza suficiente para afrontar distancias mayores.
A veces se dice que esta carrera quiere parecerse en Bizkaia a lo que es la Behobia-San Sebastián en Gipuzkoa. Pero no hay que olvidar que en Bizkaia ya existe desde hace mucho la Santurce-Bilbao, que quizás es la prueba más similar a la Behobia, por formato, fechas y por número de participantes (salvando las distancias, claro).
Por eso creo que la Gernika-Bilbao debe seguir por el camino que ha iniciado desarrollando su propia personalidad y sus características. Una carrera que aúna cuatro distancias, cuatro salidas en localidades distintas; que une Gernika, corazón emocional de Euskadi, con Bilbao, la capital vasca más importante (se nota de dónde soy, je, je); no necesita mirarse en el espejo de otras carreras, por muy bonitas e importantes que sean. La Gernika-Bilbao debe seguir trabajando para afianzarse en el calendario y ser en pocos años cita obligada para todos los aficionados vascos a las pruebas de ruta.


Mi carrera
Como he comentado antes, por fin en esta edición me encajaba en el calendario poder correr la Gernika-Bilbao en su modalidad más larga, la del dorsal Oro, saliendo desde Gernika para totalizar unos 35 kilómetros. Entre el Maratón de Médoc que corrí en septiembre, y los maratones de NY y San Sebastián que tengo en noviembre, me encajaba bien esta carrera como una tirada larga de calidad.
Viendo el recorrido, y teniendo en cuenta la subida casi al principio del Alto de Autzagane, y las cuestas del tramo final desde Basauri a la meta, es una carrera en la que es difícil saber qué ritmo mantener.
Más o menos la teoría era para todo el mundo la misma: hacer una primera parte conservadora hasta pasar Autzagane (km 10,4) y luego ir apretando poco a poco mientras se guardan fuerzas para los repechos del final.
Como el domingo anterior algunos de los Beer Runners Bilbao habíamos hecho un entrenamiento para reconocer el tramo final, ya sabía, más o menos, qué ritmo podría mantener durante la carrera para no estrellarme en la última subida desde Bolueta a Txurdinaga. De todas maneras, y aprovechando la tecnología, me había trazado un plan en base a los vatios que puedo mover durante un maratón para guiarme en la carrera.
Mi plan quedaba así: mantenerme en torno a los 210-215 vatios desde la salida hasta alcanzar Boroa, la cuesta que hay a la salida de Amorebieta. Durante la subida a Autzagane podía subir un poco los vatios, pero sin pasar de unos 230-235 w. Después, entre Boroa y Galdakao, donde el terreno es favorable, podía aumentar un poco el ritmo, pero manteniéndome entre los 215-220 w. Y luego, en el tramo con más subidas, controlar en los repechos para no hundirme al final. Mi idea era terminar en unas 3:15 horas, a 5:30 de media, sin exprimirme demasiado.
Así que, salí de Gernika, empecé a leer mis sensaciones y a mirar en mi reloj la pantalla de vatios, y fui dejando pasar los kilómetros mientras se marchaban casi todos los grupos (desde Gernika salimos algo más de 100 corredores). En cada avituallamiento (muy buenos, por cierto) me tomé un gel y bebí agua, como si fuera un maratón.
Antes de Autzagane me junté con unos pocos corredores y subimos juntos el puerto. En el grupo estaba la que luego terminaría como cuarta mujer. Arriba del puerto tuve que parar a hace un pis y enseguida me junté de nuevo con los demás. Esta bajada de tres kilómetros hasta Amorebieta es muy mala porque sin querer corres rápido y se te cargan un poco las piernas y eso puede darte guerra más tarde.
Tras pasar por el pueblo, subimos tranquilos la cuesta de Boroa (km 15,5) y ya desde allí, como tenía previsto, metí un puntito más de velocidad hasta las primeras cuestas de Basauri (km 28), por lo que dejé al grupo un poco atrás. Al ser el terreno algo descendente, los vatios no me subieron mucho, salvo por el paso de Galdakao, por una cuesta que no me esperaba porque pensaba que seguiríamos por la carretera general en vez de pasar por el medio del pueblo.
Después de Galdakao nos cayeron algunos fuertes chaparrones, que me dejaron un poco frío. Igual por eso me empezó a molestar la rodilla izquierda. Menos mal que llevé el chubasquero, porque me lo tuve que poner varias veces en la carrera. Llegué ya a las cuestas de Basauri más o menos según lo esperado. Tuve que parar otra vez a hacer pis (es lo que tiene beber mucho y estar mojado), con lo que el grupito de la cuarta mujer me alcanzó de nuevo. Subí con ellos el repecho duro de Basauri, animándoles, y luego alcancé a Pablo, un compañero de equipo que se había ido por delante con Danen en la salida (Txus y José Mari, los otros del equipo que salieron de Gernika, iban muy delante, en otra liga). En el siguiente repecho duro, el de Bolueta, me fui otra vez del grupo de la cuarta chica (yo todavía no sabía que era la cuarta) y ya en el avituallamiento de Txurdinaga nos juntamos Pablo y yo con Danen, que venía con la tercera chica desde la salida (Pablo iba con ellos hasta Basauri, donde le cogí yo).
Así pues, nuestro objetivo era ahora ayudar a la tercera mujer (Maite, a la que había conocido en la meta del Maratón de Médoc, casualmente) a mantener su posición hasta la meta de la Gran Vía. Subimos el Col de la Basilíc (Begoña), bajamos al Ayuntamiento, y entramos en meta los cuatro juntos unos cien metros por delante de la cuarta fémina. Objetivo cumplido.
Tiempo final: 3:17:19 a un ritmo medio de 5:30, incluyendo las dos paradas técnicas. Perfecto.

Un punto de inflexión
En el título de esta crónica he puesto lo del punto de inflexión. Lo explico. No tiene nada que ver con la carrera ni con mis entrenamientos.
Las semanas previas a la carrera, todos los integrantes de los Beer Runners Bilbao que íbamos a participar en las diferentes distancias (casi 30 personas), nos hemos ido coordinando y dando ánimos e información por medio de un chat de whatsapp. Han sido unas semanas muy agradables, con buen humor y buen ambiente tanto en este chat como en las quedadas en las que hemos idos coincidiendo.
Además, hemos organizado un modesto gesto de apoyo a Amaya Álvarez, una madre que lucha por sus hijos aquejados de una rara enfermedad (Síndrome de Tourette), al coordinarnos para correr la mayoría esta carrera con la camiseta de apoyo a su lucha, “Un paso más por el Tourette”, y darle así una sorpresa.
El día de la carrera, tanto en los traslados en tren a las salidas, como en la carrera (especialmente en la salida de Amorebieta, desde donde también corría Amaya) y sobre todo en la meta de Bilbao, hemos disfrutado de un ambiente de camaradería entre los Beer Runners Bilbao que ya casi no recordábamos. Muchos hemos sentido de nuevo la ilusión por el grupo con la que fue creciendo hace unos pocos años.
Por diferentes motivos, tal vez por el propio desarrollo de un grupo cada vez más numeroso, en los últimos meses el ambiente entre nosotros se había enrarecido. Pero, me atrevo a asegurar, que con esta carrera y todo lo que hemos vivido a su alrededor, estamos ante un punto de inflexión en el devenir para bien de nuestro grupo.
Que así sea.

Datos de la carrera
Distancia: 35,8 km.
Tiempo total: 3:17:19.
Tiempo sin paradas: 3:15:35
Ritmo medio: 5:30.
Ritmo medio sin paradas: 5:27
Cadencia media: 180 pasos por minuto.
Potencia media (sin paradas): 213 w.
Pulsaciones medias: 137 ppm
Pulsaciones máximas: 152 ppm
Puesto: 79 de 98 clasificados en la distancia Oro.

Comentarios sobre la organización
Buena organización. Avituallamientos muy completos. Solo cambiaría la posición del último (Txurdinaga) ya que está en zona de subida y es difícil poder comer o beber en cuesta. Estaría bien que dieran medallas en la meta.
Sobre el recorrido: Sería más lógico entrar a Bilbao desde Galdakano siguiendo la N-634 y subir a Begoña directamente sin pasar por Basauri, siguiendo la ruta natural desde Gernika a Bilbao. Supongo que por las afecciones al tráfico y otro tipo de permisos se hace así. Quizás si en el futuro aumenta la participación y la carrera coge más fuerza pueda cambiarse el final.
Por lo demás, y como resumen, carrera muy recomendable y bonita.

 Perfil de la carrera.

 Con Pablo, Danen y Txuss, antes de la salida (y después de cantar el Gernikako Arbola, ji, ji).

 El grupo más numeroso, en la salida de Zornotza, con Amaya.

 Pasando junto al Ayuntamiento de Bilbao, casi al final.


Entrada en meta con Danen, Maite y Pablo. Subidón.



Primeros kilómetros, poco antes de subir Autzagane.